martes, 4 de octubre de 2011

CONFIESO QUE HE VIAJADO (NOTA DE CLARIN)





NOTA DE CLARIN CONFIESO QUE HE VIAJADO

Las mil caras de Traslasierra








Un viaje a Las Rabonas, una localidad muy cerca de Nono, y la revelación del magnífico paisaje cordobés, con sus ríos, bosques y cerros. El sorprendente Museo Rocsen y la FM de los dinosaurios.






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Ricardo de Titto. Autor*.

Las Rabonas es una pequeña localidad ubicada en Traslasierra (provincia de Córdoba), cerquita de Nono, hacia el sur, allí donde el río Los Sauces alimenta el gran espejo del dique La Viña.

A principios de los 60, unos familiares adquirieron una propiedad en el lugar. Sus comentarios me hicieron sentir que para ellos era "su segundo lugar en el mundo". Tanto fervor movió mi curiosidad y, hace unos diez años, quise conocer aquellas "cabañas" —no se las imaginen de madera, ni con techo a dos aguas y tejas rojas: son casitas con paredes de piedra, el recurso del lugar— y hacia allí nos dirigimos un invierno.

¡Qué frío! Pero ¡qué bello! Esas vacaciones perduran especialmente en el recuerdo familiar: fogones en medio de la helada, construcción de chozas con ramas, encendido del "quematutti" (un calefón orgánico), mantener todo el día los troncos ardiendo en el hogar y, entre las 11 y las 17 pasear en remera y pantalón corto, bajo un sol fascinante, avistando jotes —un ave de rapiña de gran envergadura—, caminando por los bosques o por el cauce de una vertiente seca, para sentir a nuestro paso el chasquido de las hojas secas.

El ambiente, matizado por toda la variedad de plantas y animales —el canto de los pájaros al amanecer es imperdible—, y la vista del imponente cerro Champaquí que, ahí nomás, sobresale entre las Altas Cumbres, permiten disfrutar de una paz muy especial.

Volvimos después en verano. ¿Es necesario que me explaye so bre lo que son los ríos cordobeses, con sus piedras, sus ollas y esos recovecos "poco conocidos" a los que se llega por algún camino de tierra?

En los sucesivos viajes conocimos también la otra cara de Traslasierra, que nos invita a regresar: su gente. Sin ánimo promocional, no puedo dejar de nombrar a Eduardo, el hombre de "Los nueve platos" en el camino al dique; al "Colorado", que organiza excursiones de pesca; a los que colaboran en el criadero de truchas, y a otros que se han arriesgado a incursionar en nuevas formas de vida, trabajando en la confección de artesanías o tejidos, en la crianza de caballos, fabricando mermeladas exquisitas o, simplemente, pintando su aldea.

Hay, finalmente, dos recomendaciones especiales: sintonizar la FM de los dinosaurios que, desde la localidad de Los Hornillos, sólo pasa Led Zepellin, Pink Floyd, Manal o King Crimson; la otra es casi obvia para mí: ir, sin falta, con cámara y tiempo, hasta el multifacético Museo Rocsen, donde se pueden ver las cosas más inauditas e inesperadas y reconstruir la historia de la región —y del país, y del mundo— desde el ángulo de la vida cotidiana: un regalo a la cultura en medio de la sierra, ¿qué más...?



Autor de "Los hechos que cambiaron la historia argentina en el siglo XIX", editado por El Ateneo.








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